viernes, 31 de octubre de 2008

martes, 28 de octubre de 2008

Dias Mejores . . . MUY PRONTO


No hay dinero, así que, para sobrevivir, unos jóvenes en paro o con trabajos precarios combaten el frío prendiendo fuego a los muebles, comen los despojos de un fast food y venden sus últimos enseres, de dudoso valor. A la vuelta de la esquina, aúllan los perros. Afortunadamente, se reciben voces del espacio presagiando la salvación. ¿Qué mundo es éste? Un mundo que busca días mejores y que, visto desde fuera, nos lleva a la carcajada o al estupor. Después de Ubú Rey y Largo viaje hacia la noche, Àlex Rigola vuelve a La Abadía con esta comedia freaky, escrita por el estadounidense Richard Dresser. "Apocalíptica", en palabras del New York Times. "Escenas de una ciudad fantasma."


Phil: "Uno vale lo que vale su producto. Y ahora mismo no tienes nada que vender."

Ficha artística

Reparto:
Ernesto Arias
Irene Escolar
Lino Ferreira
Ana Otero
Tomás Pozzi
Marc Rodríguez

Dirección: Àlex Rigola
Traducción: Ignacio García May
Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià
Vestuario: Berta Riera
Iluminación: Maria Doménech

sábado, 25 de octubre de 2008

julio . . . en mADRId


Aclamado por público y crítica, la estrella del cine argentino Julio Chávez llega por primera vez a los escenarios madrileños con Yo soy mi propia mujer, dando vida con extraordinarias dotes camaleónicas a un personaje que desborda al mismo tiempo ternura y patetismo. La pieza, ganadora de un Tony Award y un Drama Desk Award, ambos en la categoría de Mejor Obra, sintetiza la vida de Charlotte von Mahseldorf (1928-2002) que nació hombre pero fue siempre mujer y vivió una existencia múltiple e inclasificable, oscilando de la dama delicada al macho iracundo. En escena, la aristocracia refinada de una mujer inventada y la violencia salvaje de un superviviente a los embates del nacionalsocialismo. Yo soy mi propia mujer se estrenó en Buenos Aires en enero de 2007.

jueves, 23 de octubre de 2008

Critica AQUAMAN . . . vamos Diego - LA SOLEDAD DEL HéROE


Diego Velázquez despliega su inmenso talento como intérprete y bailarín, e incursiona con este trabajo en la dirección. Un héroe caído en desgracia recuerda épocas de gloria desde su búnker, una habitación detrás de la piscina del acuario donde entretiene a algunos (pocos) nostálgicos

It´s not easy to be me” (“No es fácil ser yo”) canta el protagonista de Acquaman, uno de los siete grandes superhéroes de la Liga de la Justicia, quien salvó al mundo de las garras del Mal en el pasado. Pero ahora el mundo no requiere de sus servicios y en lugar de surcar los mares, padece sus días en la piscina de un acuario, donde quizá no sea más que la atracción para unos pocos memoriosos.

Diego Velázquez se basó en La Fuerza, de Hernán La Greca para crear a este héroe, que como todos (como Aquiles, con su famoso talón, o Supermán, ante la criptonita) tiene debilidades y flaquezas.

Aquaman se enfrenta a diario contra el olvido, la ingratitud de sus pares y la condena eterna de su peor enemigo: la soledad. En un mundo digital, en el que los héroes no nacen, sino que se hacen por accidente, este personaje no tiene armas ni dispositivos tecnológicos; su único don es el que lo acompaña desde niño, su destreza natural para moverse como pez en el agua y su capacidad telepática, ya casi en desuso, pues no se comunica con nadie, apenas con su ayudante (Pablo Cura).

Velázquez logró una puesta emotiva, con un ritmo constante, pinceladas de humor, escenas musicales, que acompaña con su propia capacidad (humana) histriónica y corporal y algunas novedosas video instalaciones.


***
Actúan: Diego Velázquez y Pablo Cura
Diseño de vestuario: Guido Lapadula
Coreografía: Diego Rosental y Diego Velázquez
Diseño sonoro, versiones y entrenamiento vocal: Guillermina Etkin
Diseño de iluminación: Matías Sendón
Escenografía: Diego Velázquez
Edición de video y subtitulado: Laura Palermo
Actuación en video: Moro Anghileri, Pablo Cura y Diego Rosental
Dirección de corto de animación: Bernardo Greco
Ilustrador en animación y gráficas: Hernán Paganini
Asistencia de producción: Mariana Grondona
Fotos: Laura Ortego
Producción: Laura Palermo
Asistencia artística: Pablo Cura y Diego Rosental
Dramaturgia: Diego Velázquez, basado en La Fuerza de Hernán La Greca
Dirección actoral: Ciro Zorzoli
Dirección general: Diego Velázquez
www.apartirdeaquaman.blogspot.com


Teatro del Abasto
Humahuaca 3549
4865-0014
Miércoles, a las 21
$ 20

domingo, 19 de octubre de 2008

Palabras . . .


No las grandes verdades yo te pregunto, que
No las contestarías; solamente investigo
Sí, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
Por los oscuros patios en flor, paseándose.

Y sí , cuando en tu seno de fervores latinos,
Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
Te adormeció las noches, y miraste en el oro
Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.

Porque mi alma es toda fantástica, viajera
Y la envuelve una nube de locura ligera

Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.

Y gusta si el mar abre sus fuertes pebeteros.
Arrullada en un claro cantar de marineros
Mirar las grandes aves que pasan sin destino.


No hay quien purgue a Totó . . . Critica


La actriz Nuria Espert protagonizó la obra Hay que purgar a Totó anoche en el teatro Cuyás de la capital grancanaria, donde compartió escenario con Paco Lahoz, Manuel Millán, Tomás Pozzi, Ana Frau, Carmen Arévalo y Manuel Aguilar. Los verdaderos protagonistas de la obra fueron, sin embrago, un cubo de aguas fecales y un laxante, que arruinaron un lucrativo negocio y arrancaron las carcajadas de un numeroso público.

Esta comedia costumbrista francesa de finales del siglo XIX, escrita por Georges Feydeau cuenta la historia de Sebastián Rebollo, un fabricante de loza que invita a comer a su elegante casa a un importante cliente, el señor Chitín, presidente de la comisión encargada de decidir la adquisición, por parte del ejército francés, de orinales para los soldados.

Rebollo espera conquistar el mercado con un orinal de porcelana supuestamente irrompible, pero varios acontecimientos y malentendidos desagradables e inesperados van a hundir sus lucrativos planes. El orinal de porcelana no resulta tan resistente como esperaba y su mujer, Julia, se presenta en bata y rulos, y en vez de atender al invitado, que le importa un bledo, se lamenta del estreñimiento de su caprichoso y maleducado hijo de siete años, Totó, que se niega rotundamente a tomar un purgante. Una de las ocurrencias más divertidas de la obra es que, al final, todos toman laxante menos Totó.

Con esta trama tan superficial, Feydeau crea un gran disparate cómico, donde los equívocos y el humor absurdo cobran protagonismo y afloran con naturalidad. A ello contribuye el espacio escénico, creado por Jean-Pierre Vergier, un decorado levemente asimétrico y un tanto irreal: el despacho del porcelanista Rebollo con una puerta minúscula y otra gigantesca y un diván de colores alegres.

En este caso, el asunto es lo de menos, la comicidad absurda se desprende no tanto de la trama, sino de la consecución de unos diálogos irracionales por parte de actores y actrices. Lo gracioso es, precismente, que los personajes dialogan con mucha seriedad sobre temas disparatados.

El actor Paco Lahoz, a través de su personaje, el señor Rebollo, intenta transimitir una serenidad, que por momentos, desaparece debido al insoportable carcácter de su mujer y a los antojos de su único y malcriado hijo Totó. Nuria Espert, que en esta obra debuta en la comedia, tras cuarenta años representando tragedias y dramas, estuvo brillante en su cambio de registro, aunque no logra desprenderse del típico dramatismo del ama de casa zafia.

Manuel Millán, que protagoniza a Chitín, reproduce al desconcertado invitado de una pareja que no hace más que discutir en tono cómico. Hecho que hace recordar a las escenas de los vetustos Servando y Panchita del famoso programa de En Clave de Ja, no sólo por la comicidad de la reiterada batalla conyugal, sino por el atuendo de la Sra Rebollo, con trabas y rulos en la cabeza y pantys caídos a media pierna.

Pero, sin duda, el personaje más aplaudido de la noche fue Tomás Pozzi, que protagoniza a Totó. Con su metro y medio de sinvergüencería arrancó espontáneas carcajadas en su entrada en escena y en la fantástica interpretación de su breve, pero contundente papel.

jueves, 16 de octubre de 2008

Un superhéroe en desgracia . . .


Dejó Mar del Plata a los 18 años y llegó a Buenos Aires "con toda la excitación, dispuesto a estudiar, a conocer". El actor Diego Velázquez agrega: "no llegué apichonado, por el contrario, traía todas las ganas". Y aunque cargaba algo de formación teatral y un interés particular por el mundo del cine, cursó estudios en la Escuela de Arte Dramático mientras se fueron sucediendo diversos trabajos y en diferentes circuitos, bajo las órdenes de directores siempre creativos: José María Muscari, Ciro Zorzoli, Alejandro Tantanián, Jorge Lavelli, Gustavo Tarrío, Silvina Grinberg, entre otros.

Y como es un actor "muy activo", según se define, llega ahora a su primera dirección: Aquaman, una obra que también interpreta junto a Pablo Cura y que esta noche comenzará a tener funciones en el Teatro del Abasto. Diego Velázquez llega algo demorado a la entrevista con La Nacion y se lo nota nervioso. Es que faltan unos pocos días para que se produzca su estreno y hay algunas cuestiones que debe apurarse a resolver. De algo parece estar muy seguro y es que, ese personaje que le robó a la historieta, ahora lo pone en situación de revisar algo de su historia, con Mar del Plata incluida.

El proyecto, en verdad, comenzó hace cuatro años, cuando se conectó con una nueva versión de Aquaman que lo desconcertó. "De chico me gustaban mucho los superhéroes de los cómics ?cuenta?. Aquaman era un ser naif, muy poco útil, fuera del agua no podía hacer mucho. Hace cuatro años tomé contacto con una versión actual y el personaje está devastado. Lo casaron, tuvo un hijo al que un villano mató, otro villano le cortó una mano y aparece con un garfio. Aquaman se cargó de odio. Su imagen también es distinta: tiene pelo largo, barba, ya no quiere ver a nadie. Fue como encontrarme con un compañero de la primaria hecho bolsa".

Con esa historia como disparador, el creador fue pensando la forma de llevar a escena algo de ese mundo personal fantástico que lo acompañaba en la niñez y esta realidad que quizás impuso el marketing a la hora de renovar a ciertos personajes. Velázquez encontró un libro, La fuerza, de Hernán La Greca, que le posibilitó construir en este presente una figura más compacta de su superhéroe.

"Es un libro hermoso ?comenta?, escrito con mucho cariño, donde La Greca escribe textos a sus amigos a partir de las figuras de los superhéroes. Fui empezando a mezclar cosas, recopilé diversos materiales. Yo quería que el trabajo lo dirija Ciro Zorzoli. Nos fuimos juntos a Mar del Plata, tomamos fotos, quería rescatar algo de la ciudad para integrarlo al espectáculo y Ciro me dijo que, en realidad, quien debía dirigir Aquaman era yo. Me tuve que hacer cargo de que es mío. Es la primera vez que siento la necesidad de que un proyecto personal se concrete, sea, verdaderamente".

El proceso de creación fue complejo. Si tenemos en cuenta que Diego Velázquez participó de la creación y como intérprete de los espectáculos Los sensuales y Los esmerados su capacidad de trabajo resulta envidiable. "Prioricé estos trabajos este año y con ganas. Es donde quiero estar. No soy un actor pasivo, me gusta involucrarme en los proyectos hasta donde el director lo permita. Y estas obras me permitieron ser, realmente, un actor creativo".

En el cine Diego Velázquez está empezando a tener su espacio y lo está disfrutando y va por más. Participó en Amorosa soledad, película de Vicky Galardi y Martín Carranza, recientemente ganadora del premio del público en el Festival de San Sebastián y es uno de los protagonistas de El niño pez, la nueva producción de Lucía Puenzo.

lunes, 13 de octubre de 2008

Aquaman . . .


AQUAMAN

Con: Diego Velázquez y Pablo Cura

Diseño de vestuario: Guido Lapadula

Coreografía: Diego Rosental y Diego Velázquez

Diseño sonoro, versiones y entrenamiento vocal: Guillermina Etkin

Diseño de iluminación: Matías Sendón.

Escenografía: Diego Velázquez

Edición de video y subtitulado: Laura Palermo

Actuación en video: Moro Anghileri, Pablo Cura y Diego Rosental

Dirección de corto de animación: Bernardo Greco

Ilustrador en animación y gráficas: Hernán Paganini

Asistencia de producción: Mariana Grondona

Fotos: Laura Ortego

Producción: Laura Palermo/ Conjuro.

Asistencia artística: Pablo Cura y Diego Rosental

Dramaturgia: Diego Velázquez, en base al libro "La Fuerza" de Hernán La Greca

Dirección actoral: Ciro Zorzoli

Dirección general: Diego Velázquez


Agradecemos muy especialmente el apoyo económico de Tomas Pozzi.
y a Romeo Fasce y Luciana Quartaruolo por el trabajo.

Agradecimientos: Bruno Luciani, Mariano Stolkiner, Alejandro Tantanian, Silvina Grinberg, Juan Pablo sierra, Martin Laplace, Marcelino Bonilla, Gustavo Tarrio, Marianela Fasce, Anahí Alonso, Hernán La Greca, Juan Branca, Fernanda Orazi, Romina Chepe, y a Oria Puppo por la gran ayuda.

lunes, 6 de octubre de 2008

domingo, 5 de octubre de 2008

martes, 30 de septiembre de 2008

Viene a MADRID . . .

La niña mimada del cine


Inés Efrón, una de las grandes referentes de la nueva camada de actores, habla de sus trabajos, su adolescencia, la sexualidad y su oficio.

¿Quién es esta chica que en poco tiempo trabajó con Mercedes Morán, Ricardo Darín, Cecilia Roth, Oscar Martínez y María Onetto? ¿Qué hay detrás de esta niña adulta de voz tímida y bajita, pero clava sus ojos inquietos y ávidos de intensidad?

Inés Efron, la actriz de cine más mimada (y sorprendente) de la nueva camada de actores locales, empezó a despuntar en retratos generacionales como Glue y Cara de queso , brilló en XXY , apareció en El nido vacío y fue elegida por Lucrecia Martel para filmar La mujer sin cabeza .

Y pronto volverá a ser noticia por dos: como protagonista de Amorosa soledad , ópera prima de Martín Carranza y Victoria Galardi que acaba de recibir un galardón en el Festival de San Sebastián ; y por El niño pez , segundo film de Lucía Puenzo que ya terminó de rodarse.

En una charla que CINEMANÍA reproduce en su edición de octubre cuenta por qué pasa de sentirse niña a vieja en cuestión de minutos y cómo logró encauzar sus angustias adolescentes exorcizándolas a través de la actuación.

Aquí, algunas de sus declaraciones:

La actuación. "Muchos tienen la idea de que actuar es "hacer algo", y yo siento que no hay que hacer nada; que cuanto menos hago, más pasa. Cuando estoy haciendo una escena, a veces me tensiono y no me gusta. Pero cuando me entusiasmo y me divierto, me dejo atravesar, siento que estoy jugando".

Su adolescencia. "Tuve diferentes etapas y pasé por todo porque quería probar todo. Para empezar, a los 13 tuve que usar un corsé por un problema de escoliosis, y dije: "Me alejo del mundo". Estaba en pleno despertar sexual y decidí aislarme, no quería saber nada de chicos y estaba todo el día estudiando... Después, claro, me sacaron el corsé y empecé a ir a bailar a la matiné con una amiga".

La sexualidad. "La sexualidad es conflictiva y lo debe haber sido siempre, pero ahora hay un poco de promiscuidad. En las nuevas generaciones, o al menos entre la gente que conozco, es común probar todo. Entre hombres y mujeres aparece esta cosa de probar todo, y eso puede meterte en un pozo donde podés agarrarte algunas angustias. No hay muchos límites claros".

Los jóvenes viejos. "Somos una generación de chiquitos o viejos. No hay un punto medio. A veces nos quedamos tomando un té muy tranquilos y otras veces charlamos cosas de gente muy grande".

Un papel pendiente. "¡Juana de Arco! Me gustan esos personajes que reciben mensajes de Dios y están conectados con otra dimensión y ven cosas. También me encantaría, en algún momento, interpretar a una mujer grande, enamorada".


miércoles, 24 de septiembre de 2008

No te aguanto . . . Por Fernando Peña


El rechazo, la incomodidad de compartir espacios y situaciones con el otro se van haciendo más fuertes a medida que crecemos

Caminando por cualquier calle de la ciudad, uno puede darse cuenta de que nadie se mira a los ojos y si por alguna casualidad nos encontramos por una milésima de segundo con otros ojos que nos apuntan, acto seguido, una de las dos personas, o las dos, bajan la mirada inmediatamente. Cuando nos llevan por delante o nos empujan suavemente, el pedido de disculpas es balbuceado y en voz baja; es casi imperceptible, casi ni se escucha. Quien te empuja sin querer te pasa por al lado y se le escapan, se le caen literalmente de la boca, sonidos inentendibles que reproducen un tímido y poco sentido pedido de disculpas. Ni hablar de la tensión que produce estar con gente desconocida en un ascensor. Ahí entran en juego varias situaciones embarazosas; por ejemplo, el tener que pedir que te aprieten el botón de un piso, saludar a todos o correr hacia el ascensor pidiendo que aguanten las puertas abiertas porque estás llegando tarde. Todo eso nos llena de vergüenza, aparecen las inhibiciones y los complejos. También están las miradas, los empujones y los roces. El contacto físico con el otro, la apoyada, el hombro a hombro, las tetas de una mujer en la espalda, las tosecitas nerviosas, el aliento y sentir la respiración de los demás en la nuca hacen que ir de una planta baja a un piso doce sea más incómodo que sentarse en una silla con clavos. El viaje se hace eterno y enmudecemos. Hasta cuando le tenemos que decir algo a alguien que está con nosotros lo hacemos en voz baja y con pudor.

El cruce en los cajeros automáticos es también una situación bastante incómoda, abrir la puerta y sostenerla para que el que está afuera pase y que a veces ni siquiera dé un gracias dicho claramente. Otra vez el sonido inentendible y fugaz, el buñuelo de palabras, el gruñido. Nos comportamos como si fuéramos animalitos que croan o graznan. En las casas de pastas, los domingos al mediodía, también se demuestran nuestra falta de destreza, nuestra torpeza y la gélida indiferencia. Detrás del mostrador, los empleados gritan los números y otra vez la gente con un hilito de voz, a veces intentando que el número llegue a las manos del empleado para no tener que decir simplemente la palabra “yo” cuando cantan 52. A veces entra alguien que no sabe que hay que sacar número y nadie es capaz de avisarle, como si nos pusiera contentos que entren cuatro o cinco personas detrás de él, saquen número y lo dejen pagando. Ahí el gozo es en silencio, el pobre hombre no percibe que seguramente hay dos o tres personas riéndose por dentro. De auto a auto también nos pasa. Por eso, a veces, es mucho más cómodo viajar en autos con vidrios polarizados. Se me ocurre que muchos oscurecen los vidrios del auto no por una cuestión de seguridad ni por el sol sino para guardar privacidad, para evitar que el otro vea, espíe. Cuando vamos en auto también hay muestras de poca solidaridad y ganas de joder al otro, el clásico ejemplo es el que no se corre de la izquierda cuando le hacemos luces. Disfruta, se regocija y no se corre, cuando a veces el motivo de nuestro apuro puede ser importante.

El asco y el rechazo que nos estamos teniendo es totalmente palpable. Estamos hartos de nosotros mismos, de la forma humana. Es claro que preferimos otras criaturas vivientes, y se nota cuando de pronto aparece un perro vistoso. En seguida, alguien se nos acerca simpáticamente, lo acaricia, le habla, como queriendo establecer un diálogo con el perro pero no con nosotros. “¿Y vos cómo te llamás, che?”, le preguntan al perro, y al no recibir respuesta, ya que el dueño también está deseando que el perro hable, repregunta: “¿Cómo se llama?”; y de pronto ése es el comienzo de un diálogo corto y tibio en la plaza, un diálogo que el dueño del perro ansía que termine cuanto antes.

Siempre buscamos playas vacías y pocos son capaces de compartir una mesa en McDonald’s cuando está lleno. En el cine, dos parejas dejan una butaca vacía entre las dos y rezan en silencio para que deje de entrar gente así pueden guardar esa distancia protectora. El tío de un amigo se compraba dos pasajes para no compartir asiento en los ómnibus de larga distancia, y no debe ser la excepción. En todo momento se ve que si podemos evitar al otro, es mejor. Cuando voy al teatro y noto que se viene el intervalo, ya me voy parando, veo los últimos minutos de pie desde el fondo junto al acomodador, cerquita de la cortina de terciopelo, y cuando empieza a cerrarse el telón corro al baño para ser el primero, estar solo y hacer pis tranquilo. Así y todo elijo un compartimiento y no un mingitorio y tampoco debo ser la excepción. Cuando ocupan la mesa de al lado en los restoranes también es molesto y es casi una proeza compartir un taxi. Hablando de taxis, me encantan los de Montevideo, tienen una mampara que separa al pasajero del taxista y evita la charla pasatista y hastiante.

El rechazo, las ganas de no cruzarnos, la intolerancia y la incomodidad de compartir espacios y situaciones con el otro se van haciendo más fuertes a medida que crecemos. Los chicos no padecen este mal. Es común verlos parlotear y hostigar con preguntas de todo tipo a los adultos. Nos pasa cada tanto que dos chiquitos en el auto de adelante nos saluden y se rían con frescura y espontaneidad. ¿Por qué perdemos esa simpatía con el otro? ¿La perdemos o incorporamos la intolerancia?

Creo que se trata de una falta de educación. No hablo de una educación de buenos modales y buenas costumbres, hablo de educar la actitud, la predisposición. Es necesario prepararnos para interactuar con el otro, notarlo, mirarlo, incorporarlo. Tampoco estoy hablando de la buena onda al divino botón ni de una actitud religiosa, hablo de reeducar las conductas cotidianas, nuestras expresiones corporales y los parlamentos. Hablo de desinhibirnos, cada uno dentro de nuestras posibilidades. Hablo de salirnos de nosotros.

El entrenamiento teatral ayuda mucho. Es raro que un actor camine encorvado como tratando de esconderse en su propio cuerpo o hable en voz baja. Tenemos aprendido un manejo de nuestro cuerpo, al que llamamos instrumento, cuando hablamos lo hacemos claro y alto, cuando miramos lo hacemos profundamente y cuando nos toca interactuar con extraños, por lo general, nos cuesta menos.

Salgan de sus casas como si salieran de un camarín. No pretendo que sonrían y saluden a todo el mundo, pero caminen erguidos, registren lo que dicen y cómo lo dicen, miren al otro y exhíbanse ante la multitud. Cuando deban enfrentarse con el prójimo, ya sea a solas o ante varias personas, procuren ser amables y simpáticos utilizando la falsedad que no se nota que tenemos los actores. Háganle creer al otro que por lo menos lo toleran y lo tienen en cuenta. Se trata de códigos y conductas histriónicas que aceitarían un poco esta apatía necia y seca que estamos viviendo.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Esquizopeña El Musical


En esta espectacular y despampanante rutina musical llena de glamour, brillos y lentejuelas, los personajes de Fernando Peña se chocan contra una pared de ladrillos y caen por su propio peso. Sin saber bailar ni cantar hacen lo que pueden. ¿Se imagina usted a Don Sabino, con sus ochenta años cantando el tango “Pelotita”?. Da vergüenza, es patético, sin embargo tierno. Palito, el negro cabeza alimentado a Paco, Cocaina y Uvita Dulce, hace un potpourri de sus hits mas famosos, luciendose con “No se Peña que se yo”, cancion que escribio mientras buscaba un gramo de cocaina que al adicto de su patrón , Fernando Peña se le habia caido al piso. Dice Palito sobre este tema: “E puto lo abia pedido i no loncontraba i mi peguntaba che negro onde ta el mogra y sho bucaba y duro le contete no se peña que se sho y salio e hit”. El grandulon uruguayo, alias Cristina Megahertz con su bulto prominente y sus antebrazos de camionero mal alimentado abre este variopinto espectáculo con su cancion “Ticholos”, Milagros Lopez la dulce cubana que a esta altura ya esta hecha mierda tambien tiene su cancion “Bananas”. El trolo sidoso, Roberto Flores, patina alrededor de seis porongas semi erectas y canta “Huasca”, su éxito. Tampoco faltan Delia Dora de Fernandez, una vieja conchuda a favor de la cana, los milicos y Hitler, que se queja de todo y piensa que 33.000 desaparecidos fueron pocos, Maria Elena Rinaldi, una tortillera admiradora de la Walsh, Las Leonas y Sandra.

En Esquizopeña El Musical, Peña plasma la decadencia, la grasada y la distinción en un desfile de presentadores con smoking. Mariconazos que bailan con lycras ajustadas y alguna que otra gorda fofa que trata de seguirles el paso.

¡¡Un show lleno de alegria que es para pegarse un tiro en las bolas y tocar el cielo con las manos!!.

De Roque Enroll al folclore de papá


Hija de uno de los grandes armoniquistas del mundo, redescubrió la música de su infancia. Atrás quedó el boom de hits como Lollipop.

Mavi Díaz, una de esas personas que, si se lo proponen, pueden llegar a ser jóvenes por siempre, se mueve con gracia y predisposición frente al fotógrafo. Están a una cuadra de Callao y Corrientes, y las personas que pasan los miran. ¿Cuánta gente, de las que la esquivan tratando de adivinar quién es, habrá bailado con su música? Por ejemplo, esa cuarentona que lleva a la nena de la mano, ¿cuántas veces se habrá puesto las calzas y las chatitas mientras Mavi y sus amigas sonaban en el grabador? Porque ella, que hoy está a punto de presentar por segunda vez en la Argentina un disco de folclore, fue la líder de Viuda e Hijas de Roque Enroll y ahora hace lo que ni siquiera se sospechaba en 1985.

Cuando Mavi era muy famosa, ese jueguito de sacarse fotos era, además de un trabajo, eso mismo, un juego. Uno más en la maravillosa experiencia de hacer lo que se quiere a los 20 años. Ahora que es toda una señora –dicho esto porque se ha casado un par de veces y porque tiene un hijo de 23 años; de ningún modo porque lo aparente–, no tiene ningún problema de que se la lleve a aquellos tiempos de rockstar junto a las Viudas y se la traiga para contar cómo es que el folclore y los temas de su padre Hugo Díaz la atraparon.

Tampoco le molesta hablar de la amargura que trajeron los años noventa –con exilio, anonimato y una gran pérdida incluidos– para insertarle, divertida, rápida como un rayo, una anécdota de su infancia, rodeada de padres del folclore, y amiga de juegos de sus hijos.

Mucho menos tiene problemas para llenarse la boca con historias de su padre, que por estos días –y para su amorosa sonrisa, que asoma recortada por entre un medio flequillo empecinado en caérsele sobre la cara– asoma nuevamente al disco en algunos momentos de la banda sonora de A los cuatro vientos, la biografía de Hugo Díaz dirigida por Alberto Larrán que el año pasado se estrenó en cines.

–Reeditaron tu disco y salió el de la película, ¿es estratégico?

–Pasa que el álbum es fruto de la película, y la banda sonora justo acaba de salir. Yo canté la Zamba del ángel para la peli, y fue tan lindo eso que generó que después hiciera el disco. Pero para mí fue toda una sorpresa que, el día que fui a grabar al estudio y canté esa zamba por primera vez en mi vida adulta, me dí vuelta y vi que estaba todo el mundo llorando. Después, cuando lo escuché, me dí cuenta de que, sin imitarla, me había salido la voz de mi mamá (la cantante Victoria Díaz).

–¿Ayudaste para hacer la película sobre tu padre?

–Tanto yo como mi familia ayudamos mucho para que la película se hiciera. Y también, por supuesto, la familia de Domingo Cura, que era mi tío. Fue un problema porque de mi papá casi no hay grabaciones en video. El director usó testimonios buenísimos y jugosísimos, pero material fílmico cero. Me gustaría que la peli saliera rápido en DVD, para que la gente la pueda ver.

–Además, la película ayudó a que el nombre de tu papá resurgiera.

–Eso es lo que más me gusta de todo.

El disco de Mavi, Baile en el cielo, el que nació el día en que entró a un estudio y sintió que debía acomodar su voz de roquera a otro sentir, a un sonar de instrumentos que entra suavemente en el oído, sin la rugosidad de una guitarra eléctrica, ahora la lleva –quién diría– entre guitarras, charango y bombo al Teatro IFT, donde esta noche a las 21 seguirá afinando el lápiz de la cantante de folclore: “¡Me mata el folclore, es un nivel de expresión completamente diferente! Ya desde las letras es nuevo para mí. Y estoy fascinada explorándolo –cuenta– porque los colores que te brindan los instrumentos acústicos son increíbles. Hasta la voz funciona diferente, trabajás a otra frecuencia.

–¿Creés que salió todo lo que viviste de chica?

–Y... grabar el disco fue como un viaje en el tiempo. Salió todo lo mamado en la infancia. Pensá que mi vida fue un gran backstage y en mi casa desfilaba todo el mundo: ¡los cumpleaños de mi viejo duraban cuatro días! Yo era chiquita y jugaba con el hijo de Mercedes Sosa y con los hijos de Dino Saluzzi. Los niños jugaban mientras los padres tocaban. ¡Si hasta nos íbamos de gira todos juntos!

–Entre la voz ronca de los ochenta y la folclorista de hoy, ¿dónde queda la cantante de hotel de los años noventa?

–Mirá, el anonimato también ayuda. Cuando acá la cosa se puso mal por el tema de la inflación, nadie tenía laburo. Yo acababa de hacer Languis con los Soda y le pedí a Gustavo Cerati que me llevara de gira. Me dijo: “¡Yo no te voy a llevar a vos de coros”! Pero no tenía laburo y entonces me fui a España a cantar en hoteles, y ahí me pude comprar una casa. Los primeros días, la gente no me daba bola. Tocabas muy fuerte y te chistaban; eras un mueble que estaba ahí para servir.

–Y después fuiste una de las primeras coach vocales, ¿no?

–En realidad ya lo era acá. Cuando llegué a España, eso no lo hacía nadie, así que me fue bien. Trabajé con Alejo Stivel, y con su empresa hice veintipico de discos. Después me abrí sola.

–¿Nunca te dormiste pensando que el gran talento de tus padres tarde o temprano aparecería en tus genes?

–¡Nunca me dormí! Para empezar, no tengo el talento de mi viejo, esas cosas son irrepetibles. Lo mío es tenacidad y trabajo. Pero bueno, algo debo tener.

Con esa banda no hay historia

Viuda e Hijas de Roque Enroll fue más que una banda de chicas. Su presencia en la escena musical de los años ochenta las empardan en importancia con Soda Stereo, Virus, Zas, Los Twist o Los Violadores. Que su impronta fresca y divertida no fuera formateada para hacerlas durar más jamás fue ni será su culpa.

Mavi no ve aquella época ni a sus amigas más que con cariño: “Fue lo mejor que me pasó en la vida: tenía 20 años, estaba buenísima, estaba con mis amigos, ganaba plata, ¿cómo no lo voy a recordar con cariño? Fue una época genial: sonábamos súper, las chicas eran músicos impresionantes y las cosas nos salían muy fácil.

Además, nos divertíamos: ¡para las giras hacíamos un casting de técnicos! Estábamos en el hotel, a la noche, y elegíamos a alguno. Y para dormir siempre nos vestíamos las cuatro iguales. Era como una cábala. Usábamos ropa interior Calvin Klein, cada una con un color distinto. Nos poníamos las remeras que nos regalaban los de sonido, de repente decíamos, por ejemplo, ‘hoy, el iluminador’, nos íbamos todas a la habitación del pibe, le rodeábamos la cama, le hacíamos interrogatorios y le hablábamos y... rock and roll.”

jueves, 11 de septiembre de 2008

Otra vez me muero . . .



Otra vez siento que estoy mendigándole a un tomógrafo, como si éste tuviera injerencia para cambiar el resultado de lo que ve. Por Fernando Peña.

Y otra vez el tomógrafo dándome instrucciones: “Respire”, “no respire”, “tome aire profundamente”, “respire”… para dentro de unas horas sentenciarme de vida o de muerte. Es realmente maravilloso estar acostado boca arriba mirando ese “bicho” enorme, ese aro que gira sin parar, esa turbinita indignante que chilla estridentemente, y luego las instrucciones para que uno respire o no respire. Y respiro y no respiro. Y aguanto la respiración, y respiro y no respiro y aguanto… y respiro otra vez. Es tan cómodo, una vez que uno se relaja, saber que no se puede hacer nada. Estoy con la aguja en la vena, me están pasando un líquido de contraste que me arde, que me quema, que me da náuseas, obedezco instrucciones, la camilla se mueve hacia adelante y hacia atrás, los ruidos son agresivos, los movimientos abruptos… mi cuerpo está en “boxes”. Es tan denigrante, tan humillante, que si obedeciera a mis instintos me arrancaría la aguja y saldría corriendo del lugar. Pero le voy a dar una chance más a la medicina y una menos a mí, que me prometí no someterme más a agresiones físicas y morales. Y digo una menos a mí porque no siento tanto respeto por mí al estar acostado preso de un tomógrafo operado por una señorita con cara de estar haciendo lo que tiene que hacer. Siento que estoy mendigándole a la vida o, lo que es peor, a un tomógrafo, como si el tomógrafo tuviera injerencia o pudiera tener piedad como para cambiar el resultado de lo que ve. Como si pudiera ponerme una buena nota o hacer la vista gorda al posible tumor o linfoma que podría llegar a tener.

La sensación es espantosa, siento muy poco respeto por mi ser. Merezco morir como una rata rabiosa al salir del Instituto Alexander Fleming; me había prometido nunca más hacerme nada. Pasé un año entero regalando mi cuerpo a sesiones de quimioterapia. Sesiones que duraban cuatro días, sesiones que me dejaban acalambrado, dolorido, desganado, nauseabundo, pelado, blanco, verdoso, gordo, inflamado, morado. Mi aspecto era el de un sapo a punto de reventar. Pasé meses dificilísimos, porque además la certeza de que el tratamiento funcione no se la dan a uno de la noche a la mañana, sino que hay que dejar pasar por lo menos tres o cuatro sesiones hasta que un día entra el médico a la habitación y con una sonrisita de esperanza que es como la lucecita que dan las velitas que ponen flotando sobre el agua ahora en los restaurantes te dice tímidamente: “Bueno, afortunadamente el tumor es sensible a las drogas y está comportándose como esperábamos”. Recién ahí empecé a sentir que valía realmente la pena la agresión de meterme veneno por las venas todos los meses durante cuatro días seguidos. Y tampoco así fue fácil.

La quimioterapia es veneno, y no es una metáfora, es veneno de verdad. Mata todo lo que toca, arrasa con todo sin distinción, destruye lo que sirve y lo que no sirve. Te come los huesos, los tejidos, te morfa entero. Te devora sin consideraciones ni contemplaciones. Recuerdo que uno de los medicamentos que me inyectaban tenía que estar envuelto en papel metálico tipo rollito Ben, el que usaba mi madre para cocinar cuando era chico, porque no podía estar expuesto a la luz del día. Recuerdo que cuando salía del Fleming, al cuarto día, vomitaba los veintiséis días restantes hasta tener que internarme nuevamente por otros cuatro días. Y así sucesivamente durante ocho meses seguidos. Envenenarme, salir, vomitar, acalambrarme, retorcerme, seguir mi vida como podía, internarme, envenenarme, salir, internarme, envenenarme, salir, vomitar… y todo esto sin parar. Ocho meses sin parar. Si paraba, me moría.

Todo el proceso fue muy difícil. Recuerdo infinitas charlas con Pinky, una maestra en cáncer; Pinky debería dar clases en los hospitales. Gracias, Pinky querida.

El tratamiento también te pudre psicológicamente. La gente me miraba el doble de lo que me mira ahora, me miraba no solamente por famoso sino porque es raro ver a un tipo sin pelo, sin cejas y verdeamarillo. El color del cáncer no es el negro, es el verdeamarillo, ese verdeamarillo premuerte, como el que tiene la papa. Verdeamarillo premuerte parece un nombre ridículo de esos que traen las cartillas de pinturas. La gente tampoco sabe cómo abordar el tema, algunas personas ni lo mencionan, otras se le atreven con torpeza, y otras te dan fuerzas y consejos que escucharon al pasar. También me llegaban a la radio recetas de sopas. Nunca olvidaré la receta de una señora que me recomendaba tomar una sopa de pescuezo de gallina con porotos, no sé cuántas cabezas de ajo, ají picante, jengibre, cartílago de no sé qué animal y otras miles de verduras mágicas. Una vez caminando por la calle Gascón rumbo a la Fundación Huésped otra señora que barría la vereda me invitó a su casa a desayunar. Los oyentes me mandaban datos de chamanes, de videntes, de curanderos. Me recomendaban clínicas en los Estados Unidos; creo que nunca en mi vida escuché tanto las palabras “Clínica Mayo”. Me llegaban cartas con miniaturas de crucifijos, imágenes de santos y de vírgenes, cintas de colores, medallitas e infinidad de fetiches. Gracias a todos. Gracias de verdad. Ya pasó.

Todo eso ya pasó… Louise Hay pide que tengamos mucho cuidado al elegir las palabras que usamos para hablar de las enfermedades y cómo las encaramos. Yo tuve un linfoma no Hodgkin en el riñón izquierdo y pude destruirlo, vencerlo, derrotarlo, hacerme amigo, o curarme, como corno quiera Louise que le diga. Pasaron casi seis años y otra vez una manchita, algo que a mi oncólogo no le gusta, otra vez el miedo, no tanto a la muerte sino al dolor, a no poder vivir como quiero, a no estar del todo sano. Otra vez el desafío de juntar fuerzas, otra vez apoyarme en mis amigos, otra vez recurrir al método de contarlo para exorcizarlo. Otra vez concentrarme para que la cabeza me responda y no me juegue una mala pasada.

¿Otra vez?, ¿otra vez todo eso? Sí, otra vez. Otra vez porque me quedan cosas por hacer, otra vez porque soy un cagón, otra vez porque soy valiente también, otra vez porque soy gallego, otra vez porque tengo OSDE 450, otra vez porque me quiero, otra vez porque me odio, otra vez porque me mentí, otra vez me faltaré el respeto, otra vez lo haré, otra vez porque amo la vida, otra vez porque me encanta coquetear con la muerte, otra vez por Pinky, otra vez por el doctor Chacón, otra vez por mis oyentes, otra vez por los que no pueden acceder a estos tratamientos, otra vez por María, por mi novio, por mis amigos, por este trabajo de escribir, por el teatro, por Charly, por Maradona, por ver a Lanata en el Maipo, por el gordo Bergara Leumann, por mi perra Mono, por volver a almorzar con Mirtha, otra vez para escucharlo a Lalo, a Hanglin, a Víctor Hugo, a Dolina y a la Negra. Otra vez para volver a Broadway a ver teatro ahora que me dieron la visa para entrar a los Estados Unidos… Otra vez… Otra vez por todo eso y mucho más, y otra vez por muchísimo menos también, muchísimo menos, como por ejemplo comer un cuernito de grasa o tomar un whiskicito. Otra vez parece que me muero, otra vez trataré de no morirme, sí, otra vez, otra vez porque no hay más remedio, otra vez, otra vez… por mí…

jueves, 4 de septiembre de 2008

Eqqus . . .


Daniel Radcliffe, el actor famoso por su papel en la saga cinematográfica Harry Potter, debutó ayer en el teatro en Londres, en el estreno de la obra Equus, con buena acogida por parte de la crítica. Tras el polémico desnudo del actor, ya de 17 años, parece que los críticos ya se fijan en otras cosas aparte de en su cuerpo.

El Daily Mail ha asegurado que "ha dejado atrás a Harry Potter", mientras que el prestigioso The Times le califica de "actor seguro". The Independent afirma que su actuación es "convincente en el mejor papel de teatro para un adolescente. The Daily Telegraph también se deshace en elogios: "El brillante Radcliffe se ha quitado la capa de Harry Potter. Es un emocionante actor teatral de un registro y una intensidad inesperados".

En cuanto al público congregado en el auditorio, no pudo por menos que aplaudir puesto en pie tras la interpretación de Radcliffe del joven Alan Strang, "obsesionado sexualmente por los caballos". Las fans femeninas esperaban al actor a la salida de los artistas del teatro Gielgud, pero no pudieron atraparle. Las entradas se agotaron, y varios famosos acudieron a ver a Radcliffe, entre ellos el actor Christian Slater, que afirmó: "estoy impresionado, Daniel ha realizado sobre el escenario un trabajo increíble".

Radcliffe minimizó en la BBC la importancia de desnudo: "Lo esperaba. Habría sido estúpido si pensara que nadie hablaría de ello. Pero no es una parte importante de la obra, apenas cuatro minutos". Entre los fans y los padres de éstos ha habido mucha controversia por su causa, pero todo parece haber sido superado. El actor comentó que no buscaba tampoco distanciarse de su personaje de Harry Potter: "Lo hago porque creo que es una gran obra".

miércoles, 3 de septiembre de 2008

lunes, 1 de septiembre de 2008

Claudio Tolcachir, con nueva apuesta


Luego del tremendo éxito de La omisión de la familia Coleman, llega Tercer cuerpo

Después del éxito que significó -y todavía significa- La omisión de la familia Coleman , Claudio Tolcachir volvió a sentarse a escribir un texto para llevar a escena. Así, desde esta noche, a las 23.15, Tercer cuerpo ocupará el espacio que tomó durante tres años tan particular grupo familiar -que durante los próximos seis meses estará de gira-, es decir los fondos del PH de Boedo al 600.

"No te voy a negar que lo que sucedió con los Coleman significó una presión pera mí, pero no tanto por las expectativas de los demás, sino porque me gusta llegar a hacer lo que yo creo es lo mejor. Y en ese proceso sufro mucho, dudo de todo, soy demasiado exigente y no paro hasta que no siento que la cosa funciona", resume Tolcachir más contento que sufrido ahora que está por estrenar.

En Tercer cuerpo , Tolcachir se mete en la vida de un grupo de personas que trabajan en una oficina. "Nunca se sabe bien qué hacen o por qué se están quedando solos, como olvidados. A diferencia de los Coleman -que eran personajes a los que les sucedían cosas pero que no hacían nada para modificar su situación-, éstos hacen de todo para mejorar sus vidas pero les sale mal, no lo saben hacer", sigue el director que eligió para su elenco a Ana Garibaldi, Hernán Grinstein, Magdalena Grondona, José María Marcos y Daniela Pal. Algo de núcleo por donde va la pieza se resume en una frase de Cesare Pavese: "Te sorprende que los otros pasen a tu lado y no sepan cuál es tu pena, tu cáncer secreto; y cuando pasas junto a tantos y no sabes ni te interesa cuál es la pena y el cáncer secreto de ellos...". Para ahí miró este director, dramaturgo y actor cuando pensó en el universo de estos seres que mantienen ocultos sus sueños más profundos frente a la mirada de aquellos con quienes comparte gran parte del día: "En la obra hay algo de eso que tratan de ocultar en la oficina hasta que sus verdaderas historias estallan -continúa Tolcachir-. Surgen los intentos fallidos y una tremenda soledad".

-¿En qué tono contás la obra?

- La verdad, no me sale otra forma de contar una historia tan terrible que no sea con humor, uno negro, quizás hasta patético, pero humor al fin.

Cualquiera que se haya emocionado con sus Coleman sabe de qué está hablando.


lunes, 25 de agosto de 2008

Mi Soledad . . .


Ahí estoy en mi soledad -esa tan típica mía-, mi papá y mi hermano se iban a comer al puerto, yo decidí quedarme. Antes de salir, papá me tomó la foto. Tengo grabado ese instante antes de mi tan ansiada soledad, ese momento en el que la cámara hizo clic, salió el flash. Y pensé: "por fin se van"

domingo, 24 de agosto de 2008

Los miedosos popes de la tevé - Fernando Peña


Las cosa se va a poner fea cuando acabe Beijing. Cuando lleguemos a casa y ya no nos vayamos a China de viaje como nos estamos yendo ahora, ¿qué haremos? Cuando la televisión caiga otra vez en su programación habitual, tendremos que padecer ooootra vez la adormecida y tibia televisión argentina.

Redefinamos hoy el término “televisión”. En cada reportaje que me hacen una de las últimas preguntas es: “¿Y cómo ves la televisión de hoy?” Uffff. La televisión es un simple aparatito que muestra, no refleja, la vida tal cual es. Nunca nos cuestionamos lo que vemos a diario en la calle. Cuando nos sentamos en un bar y miramos para afuera no debatimos sobre lo que estamos mirando.

La gente pasa, suceden cosas en todo momento, se dan situaciones estrafalarias y nadie analiza lo que ve. Lo ve y punto. Veamos la televisión y no hablemos más del tema. Sobreintelectualizando vamos embruteciendo, vamos perdiendo sensibilidad, es como escribir una teoría de lo que sentimos al comer un helado de dulce de leche. Agarrá el cucurucho, chupá y tragá y callate.

Lo mismo deberíamos hacer con la tele. Deberíamos volver a drogarnos con Toddy para mirar sin culpas Popeye o Los picapiedras. No pensábamos en nada y sin embargo no era la tele una fábrica de ignorantes. Están de moda ahora dos estupideces, bien estúpidas, como todo lo que está de moda; una de ellas es decir que uno no usa celular y la otra es decir que uno no ve televisión. ¡Pero por favor! No le creo a nadie que diga alguna de esas dos cosas, a no ser que viva bajo tierra; la información, la comunicación, la televisión y la radio son como un virus electrónico que penetra en el tejido social y está muy lejos de nuestro control detenerlo.

La masa que pasa por una vidriera de una casa de electrodomésticos siempre, aunque sea por un segundo, pispea la imagen que muestra el televisor en exhibición. Puede usted ser una vieja alemana nazi que vive en Martínez en un piso 14 cobrando los quince mil euros de rentas de su führer muerto, odia a la Argentina y a los argentinos porque somos todos latinoamericanos y usted no puede, usted señora, no conocer a Tinelli ni importarle con quién almuerza Mirtha, pero seguro que tiene tele, aunque sea para mirar, como usted dice, sólo los canales de cultura, ballet y ópera. Pero usted mira televisión.

Basta de irla de inteligentes, seamos inteligentes de una vez y sepamos que disfrutar de la televisión no es un pecado y tampoco significa que uno es un bobo. Encendé la tele y escuchá de lo que quiero hablar hoy.

El problema de la televisión de hoy no son sus televidentes, son sus productores, sus dueños, sus directores artísticos. Estas amas de casa en pantalones y corbata que en lo primero que piensan es en “cómo lo tomará mi madre”, como me dijo una vez un “groso” de la tele. Estos corderitos disfrazados de lobos que lo único que quieren es un buen rating no saben cómo conseguirlo. Lo único que hacen es copiarse los unos a los otros, copiar formatos extranjeros y arrancarse las pestañas para ver quién le pone más guita a Ricky Martin, la nueva madre soltera que con sus mellizos empañó a los mellizos Pitt-Jolie.

Estos mediocres ascendidos devenidos en peces gordos siguen conservando su pulpa prudente a la hora de programar sus canales, cansando a una Doña Rosa que en cualquier momento los saca de sus cómodos sillones de cuero a plumerazos en el orto. La programación que ofrecen es una estafa, muchachitos.

Me llamaron muchísimas veces para hacer televisión, el cuento y la promesa siempre es la misma: “Queremos hacer un programa diferente, desacartonado, que no se parezca a nada, corrernos de Gianola y alejarnos de Petinatto… va a ser totalmente original, muy bien producido, vamos a salir a la calle y hay unos pibes nuevos guionando que tienen una cabeza increíble”. Desconfío de la oferta, la rechazo y un mes después veo la promo de aquel programa que me habían ofrecido y ya huele a fracaso, a ya visto.

Anteayer me llamó un productor de un importante programa de televisión que esté entre lo mejorcito de lo que se ve para proponerme hacer un test, un remanido y tonto test que queda viejo, forzado y caduco. Tomé aire antes de contestarle que sí y como un rayo al centro del cráneo retumbó el trueno del definitivo no.

“No, no lo voy a hacer, sabés, decile a tu jefe que ya no es novedad que yo haga un test, que por favor se anime a hacer otro tipo de televisión, a nadie le interesa que Peña conteste preguntontas, como diría Portal, decile que si quiere que el programa explote en rating que consigan un burro erecto, yo encremado y dado vuelta contra una puerta de establo y que lo vendan para el próximo bloque”. Se rió y me cortó.

Para ir al programa de la Legrand también fueron idas y vueltas eternas de conversaciones con condiciones absurdas entre mis productores y los de la señora. Todos tenían pánico, no miedo, pánico, terror. Señores productores de televisión, entiendan que no se puede hacer televisión con miedo y mucho menos con precaución.

La verdadera televisión es la que muestra YouTube… la vida, como es. Un pendejito de 13 años con una handycam filma como mea un Mercedes nuevo estacionado en la puerta de su cuadra en un barrio paquete de Viena y en un día logra millones de visitas sin ningún “genio” o “creativo” que calienta sillones al pedo.

La sociedad quiere verse de una vez por todas y para eso hay que mostrársela tal cual es, sin preproducción. Necesitamos conductores que miren a la gente y no a la lente, conductores que dejen de hacerle la genuflexión eterna a los pnts, que muestren lo que hay detrás del cartón pintado. Conductores vivos.

Se esta dando vuelta la torta y los televidentes son fieras, tiburones que ahora quieren cuerpos frescos en el mar, mientras los popes de la tele se atrincheran aterrados detrás de escritorios con almanaques que se vencen y grillas sin propuestas originales.

Televisar Youtube es una salida que varios ya están utilizando, pero en cuanto la doña se aggiorne y se compre una laptop te apagó la tele, querido pope. De Francella y Peña estamos hartos, Rony travestido en esos trajes espantosos que le ponen no me cierra, Maru Botana me grita y me ordena que sea feliz, el momento light al final del noticiero proponiendo que le pongan un nombre al panda recién nacido me tiene harto.

Pachu y Pablo ridiculizando lo ya ridículo me retumba y me redunda, era novedoso en la época de Casero y tiene una textura diferente en el teatro, pero no a las ocho de la noche mientras estoy condimentado la colita de cuadril, me aburrió. Prefiero ver a los pastores brasileros que por lo menos son verdaderos. No los veo, mis queridos popes, gerenciando la TV que viene. Renuncien con dignidad y que dirija el pendejo de trece.

jueves, 21 de agosto de 2008

Maruja Bustamante: Una mirada personal . . .


Actriz, dramaturga y directora. Desde esta semana tendrá dos obras en cartel y armó el novedoso proyecto Suiza.

Con 29 años, Maruja Bustamante es una de las directoras más inquietas y personales de la nueva generación del teatro alternativo porteño. Su modo de creación dibuja, luego de la pesada herencia del teatro producido por los consagrados de los noventa, cierto esbozo de una teatralidad genuina en el contexto de producción donde inserta sus espectáculos.


Es actriz, dramaturga y directora y actualmente tiene en cartel Adela está cazando patos y este fin de semana reestrena Mayoría, destacado trabajo acerca de la revuelta del mayo francés, que hizo una breve temporada en el Centro Cultural Rojas.

Además, junto a Lisandro Rodríguez, coordina Suiza un proyecto de perfomances que se realizan cada quince días en La Casa del Hombre Elefante, donde jóvenes actores y directores testean algunos de sus materiales.

Y por último, en cine, acaba de terminar su participación en un documental sobre el poeta Néstor Perlongher, dirigido por Santiago Loza (Extraño, Cuatro mujeres descalzas). De ese modo, Maruja Bustamante traza las coordenadas de su autenticidad, con una mezcla de estética naif, rigurosidad y presencia ineludible en el panorama teatral porteño.

La nota se hace en una de las habitaciones de su casa, espacio despojado de muebles y sillas, ubicado a pocas cuadras de Lavalle y Callao. Mates y alfajorcitos de chocolate son la consumición que acompaña la charla. Mientras su asistente y amigo Gael Policano Rossi ceba mates, Maruja Bustamante cuenta que se formó con Helena Tritek, quien la dirigió en varias puestas. Realizó, entre otros homenajes a poetas, Pessoa a persona, con textos de Fernando Pessoa donde compartió escenario con Luciano Cáceres y Alejandro Viola, del grupo Los Amados.

"Empecé a tomar clases con Tritek a los 17 y me marcó profundamente. Una de las cosas que me transmitió fue el amor por la poesía — dice—. Ella es muy tímida, no le gusta que la adulen mucho. Algo de esa humildad me enseñó mucho, porque me transmitió cómo un artista tiene que manejar el ego, que no tiene que perderlo, pero tiene que manejarlo. Pero un día Helena me dijo que tenía que hacer mis cosas, que debía montar mis propias obras y no estar más detrás de alguien como asistente y me largó. Después de eso, me quedé bastante tiempo desconcertada."

Maruja tardó, pero volvió al teatro con la dirección de Fronterizos, una obra del ciclo Teatro x la identidad; también dirigió Si no vuelvo, no te asustes, en la fábrica recuperada IMPA. A la par, gestó desde 2005, en el teatro El Cubo, uno de los primeros festivales de la escena Queer en Argentina cuya próxima edición se realizará en 2009. En ese mismo teatro del Abasto, el año pasado estuvo a centímetros de dirigir a Leticia Bredice y María Fernanda Callejón. "Fui a un casting, no sabía para qué era, y me enteré que era para una obra escrita por Leticia Bredice: La cola del avión. Bredice me pidió que la dirija —recuerda—, pero no me animé. En ese momento sentí que no iba a poder con la situación, veía la masividad que tenía Leticia cada vez que entrábamos a un bar para charlar y eso me dio un poco de miedo".

Mayoría, que se reestrena este fin de de semana es un espectáculo sobre el mayo francés que se estrenó en el Centro Cultural Rojas. Aquí, Bustamante ideó una puesta basada en cierta iconografía y en consignas de la época con un elenco de catorce actores. La alquimia resultó extraña. "Tenía miedo de dos cosas: no quería una obra paródica ni solemne. Necesitaba que los chicos entendieran qué es comprometerse. Les dimos textos de El manifiesto comunista, El Capital, el Manifiesto feminista, un poema de Pessoa. Eran todos muy jóvenes, estaban lejos de cualquier fragor revolucionario, pero esos textos los arengó en algo. La idea de Mayoría es interpelar directamente al público, todos los que vienen salen contentos o turbados. No saben qué les pasa." -



viernes, 15 de agosto de 2008

Flores entre Legrand y Peña


"¿Por qué querías venir?", preguntó ayer al mediodía Mirtha Legrand. "Porque te amo", contestó casi arrobado Fernando Peña y dejó sin argumentos a quienes imaginaban un encuentro de ribetes explosivos e impredecibles en el mediodía de América.

El diálogo se escuchó al comienzo del almuerzo que Legrand y Peña compartieron ayer a solas en la mesa redonda que el programa parece resuelto a usar cada vez que aparecen estas circunstancias especiales. En el cierre, luego de casi 100 minutos de charla, la anfitriona le retribuyó los piropos del comienzo a su invitado: "Has estado adorable y los fantasmas quedaron atrás".

En el medio, hubo reparto de flores, besos, abrazos y regalos. Legrand recibió a Peña con una gigantografía que reproducía la imagen de tapa del libro Gracias por volar conmigo . El actor llegó al estudio vestido con un extravagante atuendo de remera, pollera escocesa, botas negras y muchos adornos, más un ejemplar del Libro de oro, de Mirtha Legrand, en pos de una dedicatoria, y un cuadro en el que enmarcó una invitación que el gobierno de la ciudad le hizo llegar en ocasión de un reconocimiento a la diva en tiempos de Aníbal Ibarra. También trajo a su mascota, una diminuta perra, que permaneció al lado de la mesa durante todo el almuerzo.

Legrand, finalmente, leyó un texto manuscrito que Peña escribió sobre una suerte de papiro: "Jamás conocí a nadie que se ame tanto. Y ésa es la base para ser feliz", dice la dedicatoria del actor hacia la diva.

"¿Vos hablaste mal de mí alguna vez", quiso saber Mirtha. "Miles de veces -contestó Peña-. Pero porque yo hago humor al extremo, que es algo sanador."

No hubo en el encuentro más pimienta de la que surgió de algunas palabras soeces en boca de Peña, que en todo momento quiso evitar expresiones relacionadas con la política o la actualidad. Tuvo como aliado en este propósito el estilo planteado por Mirtha, con el que se mostró coincidente: hablar de todo, con asociaciones libres y con temas que iban y venían todo el tiempo, sin detenerse en alguno de ellos. Se declaró desilusionado con los Kirchner y en un momento definió a la Presidenta con el adjetivo "tambaleante". También dijo del dirigente piquetero Luis D Elía que "es un hombre que trabaja de perturbador".

En un momento, Mirtha le preguntó a Peña si se drogaba. La respuesta fue afirmativa. "Yo no soy ningún rockerito de esos que dicen «aguante la droga». Es algo peligrosísimo y mata, pero yo la consumo. Detesto las palabras apología y discriminación. La cocaína es mala, pero yo la elegí y ahora tomo a piacere , cuando quiero. Y aunque sea mala, me pega bien. No tengo culpa ni la quiero dejar, pero no se la recomiendo a nadie", explicó.

También se refirió a su estado de salud como portador de VIH ("La curación es interna y está en la cabeza. La medicación hay que tomarla y darle para adelante. Yo me siento muy bien") y a su vínculo con la TV ("Yo no quiero trabajar ahí, yo soy de las tablas. Quizás el problema que tienen conmigo es el miedo"). Y hasta tuvo tiempo para soltar alguna lágrima cuando vio imágenes de la película Un hombre cualquiera (1954), en la que su abuela, Gloria Bayardo, aparece junto con Narciso Ibáñez Menta.

domingo, 3 de agosto de 2008

Marikena, en un montaje imperdible


Viejitos chotos . Canciones de Jorge Schussheim interpretadas por Marikena Monti, con Martín Pavlovsky al piano. Libro: Patricia Zangaro. Arreglos musicales: Freddy Vaccarezza. Ambientación: Eduardo Bergara Leumann. Asesoramiento coreográfico: Ana María Stekelman. Vestuario: Mónica Mendoza. Asesoramiento físico: Susana Balech. Peinador: Daniel Calderón. Colaboración artística: Cecilia Gianotti. Iluminación: Omar Possemato. Dirección y puesta en escena: Alejandro Ullúa. En el Maipo Club. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: muy buena

El nombre del espectáculo es el título de una de las muchas canciones de Jorge Schussheim que Marikena Monti entona en el pequeño escenario del Maipo Club, en el segundo piso de la centenaria sala de la calle Esmeralda. Sencilla, elegante y eficaz, la puesta en escena de Ullúa, con una ambientación entre cómica y poética (como corresponde) de Bergara Leumann; un libro acorde, de Zangaro; un pianista excelente, luces a punto y, claro está, la presencia inconfundible de Marikena, con su estilo comunicativo, casi de complicidad amistosa, de confidencia entre amigos sentados a la mesa del café.

De eso se trata, precisamente: de recrear la atmósfera coloquial de quienes comparten una visión crítica y mordaz -tierna, también, a su modo- de la picaresca porteña, y una común historia de muchos años. Algo más de cuarenta, desde aquella inolvidable irrupción de la voz de láser de Marikena en un espectáculo de la Alianza Francesa, sobre piezas breves de Courteline, dirigido por Osvaldo Bonet, y las Canciones en informalidad del Di Tella, dirigidas por Cocho Paolantonio: ella, descalza, con túnica y crencha en llamas, y Jorge de la Vega y Schussheim con sus letras insolentes o nostálgicas. La nueva canción argentina (Nacha Guevara también fue de la partida), recibida no sin escándalo por una sociedad pacata (y "pasota", como dicen los españoles) y con júbilo por la gente joven de la época: pelo largo, camisas floreadas, minifalda y jeans, Marta Minujin, Edgardo Jiménez, el pop art , Julio Le Parc, los monstruos y el Juanito Laguna de Berni. Todo eso, y los "malvados azules" de El submarino amarillo , hechos realidad en las calles de Buenos Aires por la dictadura de Onganía.

En este país del eterno retorno, se comprueba, ya sin asombro, que todo eso es nostalgia, sí; pero también que, en esencia, los grandes problemas siguen en pie (aunque la sociedad está, sin duda, mucho más alerta y comprometida). La ácida visión de Schussheim los denuncia, a veces con un lirismo próximo al de Jacques Prévert (el enigma oculto en la prosa cotidiana), o al de Jacques Brel (los amores perdidos), o con la ferocidad de Brassens o de Dario Fo. Siempre con humor, eso sí, y de la mejor cepa: original y hasta fantástico, cuando es necesario. Humor porteño, algo cínico, hecho tango, milonga, marcha castrense, o valsecito criollo, según.

¿Qué diremos de Marikena? La trompeta es ahora capaz de ser violín. No es tanto cómo canta, sino cómo dice. La faceta de actriz, que siempre estuvo en ella, en la madurez aflora, incontenible, se posesiona de su sensibilidad y se transmite, vibrante, a un público fascinado. Viejitos chotos es un espectáculo pequeño en las dimensiones, vasto en su contenido, refinado en la realización. Imperdible.

sábado, 2 de agosto de 2008

La Zaranda: la última sonrisa


Intensos y conmovedores, los actores generan momentos de alegría y de tristeza

Los que ríen los últimos, por el grupo La Zaranda. Intérpretes: Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez. Textos e iluminación: Eusebio Calonge. Producción general: Sebastián Blutrach. Dirección y espacio escénico: Paco de La Zaranda. En el Teatro Nacional Cervantes. Duración: 75 minutos.
Nuestra opinión: muy buena

Nuevamente llega el grupo La Zaranda, cargando sus sueños y frustraciones, para mostrar su última producción, Los que ríen los últimos . Se podría decir que los protagonistas son tres payasos, melancólicamente decadentes. Pero no es así. La esperanza, los sueños, la añoranza por un ayer glorioso son los grandes protagonistas de esta historia.

Los tres personajes, que parecen extraídos del universo beckettiano, abrumados por la indiferencia de los demás, los años impiadosos y el cansancio de los desahuciados, recorren con sus bagajes un camino que parece conducir a ninguna parte. "¿Adónde vamos?", pregunta uno de ellos. "Adonde se tenga que ir", contesta otro muy seguro. "¿Qué vamos a hacer?" "Lo que se tenga que hacer", diálogo que se repetirá durante el espectáculo. No se trata de esperar a Godot, sino de continuar transitando, aunque ese camino, ya globalizado y tan ajeno, los ponga frente a paisajes desconocidos y desagradables. Ante esta contingencia, sólo cabe invocar los recuerdos de felicidades pasadas, que ya no tienen lugar en el presente, y rescatar los sueños que no se cumplieron. "Los sueños que se cumplen no son sueños", dice el guía.

Cuando todo parece perdido; cuando no se llega a esa encrucijada tan anhelada que los conducirá hacia la pista central, sólo cabe rebelarse con aquello que mejor saben hacer: vestir sus trajes de payasos, maquillarse y dar la última función, aunque más no sea para hacer reír a la muerte.

Todo un cuadro

Con su estética tan particular, cargada de atmósferas goyescas, el grupo supo resumir con pocos y precisos elementos todo el espacio escénico, contenido hábilmente por una iluminación plena de matices. Complementa esta hechura la música, con fuerte resonancias hispanas.

Allí, los actores vuelcan toda la decadencia de sus criaturas. Es una interpretación tan integrada, tan verosímil, que por momentos se borra el límite entre realidad y ficción. Son gestores de la vida, con momentos de tristezas y de alegrías. Son conmovedoramente patéticos, sin reparos en mostrar actitudes seniles o infantiles, según la circunstancia, quizá para subrayar lo que hay de niño en cada hombre y que se trata de ocultar.

La constante evocación de la figura paterna no hace sino señalar la soledad y el desamparo del ser humano en sus últimas etapas, frente a la adversidad y a una realidad que no se entiende o no se reconoce.

En esta oportunidad, Paco de La Zaranda sólo asume la responsabilidad de la dirección y espacio escénico, y lo hace sin perder la estética de este grupo que logra instalar en la escena valores pictóricos de gran belleza. Simplemente, para contar historias pequeñas de hombres que adquieren la grandeza de una proyección universal, cuando se trata de los verdaderos valores humanos, aunque sea con la nostalgia de un sueño que siempre se escapa de las manos.


viernes, 1 de agosto de 2008

Virginia Innocenti: "Me tocó ponerle el cuerpo al horror"


Hacía tres años que no hacía tiras en televisión porque estaba dedicada a la música. Su personaje de Nacha en "Vidas robadas" (Telefé) la devolvió al ruedo en su mejor momento como actriz. Cómo armó esta víctima-victimaria: la más intensa en su galería de mujeres contradictorias y fuertes.


Delgado límite entre la víctima y el victimario le tocó en suerte a Virginia Innocenti. Presa de una potente red de tratantes de personas, Nacha -su atormentada criatura en Vidas robadas (Telefé, a las 22.30)- supo construir su débil castillo de naipes dentro del horror. Pero con la muerte de su esposo, Astor (Jorge Marrale, líder de la banda), por estos días el personaje camina por la cornisa y la actriz parece encontrar su punto de ebullición. "Siento que es una malabarista intentando equilibrio sobre tacos aguja", juzga.

La mujer del nombre y el apellido de la pureza (virgen e inocentes sería el significado de cada palabra) se acomoda entre reflectores apagados. Su casa de ficción está vacía, al igual que el resto de los decorados de los estudios de Martínez. Se aproxima la medianoche y ya huyeron los técnicos, los asistentes y el resto del elenco. Está extenuada por algo más que las diez horas de grabación: hoy derramó litros de lágrimas y haberle puesto el pecho a tanto calvario le pesa. "Me tocó ponerle el cuerpo al horror, pero alguien tenía que hacerlo, ¿no? Esta es un poco la función del arte", suelta, ya más serena, para lograr una radiografía del personaje.

Nacha fue víctima, pero su presente parece emparentarla más con el rol de victimaria. ¿No tiene también su costado culpable al apañar una red mafiosa?

No, es una víctima de esa red de prostitución y esclavitud sexual. De hecho fue vendida por su hermana cuando era chiquita. Pasa que el destino o la suerte le pusieron a Astor (Marrale) en el camino, quien se enamoró de ella, la sacó de ese mundo y la hizo su esposa. Pero no deja de ser ella alguien que sigue atrapada.

Pero hace la vista gorda a un drama que también vivió...

No tiene otra chance. Es eso, la muerte en vida o la muerte. No tiene posibilidad de elegir. ¿Qué otra posibilidad había si no seguía a su marido? ¿Matarse? Es difícil emitir un juicio con el personaje. No es que quiera defenderla, pero es complejo, sus sentimientos no son tan lineales. Su fidelidad supongo que tiene que ver con muchísimos factores: con sentirse en deuda con él, agradecida y asqueada del mundo también.

Una relación perversa, lo que se llama el síndrome de Estocolmo (el secuestrado muestra lealtad al secuestrador)...

Sí, hay que pensar que gente tan maltratada de pronto encuentra cierto clima de seguridad. Quien la rescató es su salvador en algún punto, aunque no le termina de dar libertad. Ella siente que le debe la vida, porque pudo haber seguido prostituyéndose o estar muerta como muchas chicas. Pero su dolor no puede lavarse. Nacha es una equilibrista siempre al borde del abismo. De alguna manera, en la relación entre Nicolás (Juan Gil Navarro) y Juliana (Sofía Elliot, cuyo caso se inspiró en Marita Verón) se cuenta lo que pudo haber sucedido con Nacha y Astor.

¿Vos también pudiste involucrarte en el caso Verón y otros parecidos, como lo hizo Soledad Silveyra, por ejemplo?

Con Susana Trimarco (madre de Verón) nos encontramos en el programa de Mirtha Legrand y en la Legislatura porteña. Me causó dolor. Estuvimos agarradas de la mano largo rato y hablé con otros papis. Lo maravilloso es que ellos agradecían que a partir de la novela hay gente que empezó a animarse a denunciar la presencia de prostíbulos. Siempre que puedo pido que en las notas incluyan la página de la Red Alto al tráfico y la trata y la explotación sexual (www.ratt.orgr). Que la gente se remita ante denuncias o sospechas. Humildemente, estamos cumpliendo un rol social.

¿Nacha va a tomar las riendas de la organización, con su marido muerto?

Es un personaje bisagra que puede definir las cosas. Se debate entre cómo le gustaría que fuesen las cosas y cómo son. ¿Escapa? Es peligroso. ¿Se une? Puede ser, no hay otro camino. Por eso Dante (Adrián Navarro) y Nicolás (Gil Navarro) la siguen tan de cerca. La saben vulnerable. Ellos la quieren para un triunvirato. Puede que ella, sin brújula, se apoye en Dante. No se sabe para dónde va a disparar. En lo más profundo de su ser es probable que quiera volarle la cabeza a esos malvados.

Casi tres años pasaron desde que Innocenti apareció en pantalla chica con continuidad (Hombres de honor). La música la tenía instaladísima y con buenas razones: "Me interesó expresarme desde allí. A mí me interesa en realidad contar cuentos y todas las maneras que tengo a mi alcance me gustan. Gran parte del tiempo que me dediqué a la música fue porque dije No quiero sufrir más ni mentir más jugando. Me pregunto, ¿qué quiere en este momento mi alma? Quería reírme mucho, quería luz". La "desintoxicación" le calzó como anillo al dedo para volver recargada a un ámbito que le exige roles intensos.

Pareciera que siempre interpretás a mujeres fuertes, de mucha presencia. ¿Es así?

Sí, son personajes fuertes. Pero ojo que yo puedo actuar una sumisa, de hecho en el fondo mi personaje es un animalito desesperado y necesitado de amor. Se ve que me ven funcionando en personajes enérgicos y por lo general llaman siempre para eso. Será una cualidad, una capacidad que no es tan fácil de encontrar, por eso insisten... Aunque a veces dudo de que los personajes sean siempre así. Quizá yo me encargo de ponerles ese color.

¿Por qué?

Porque me gusta desplegar una paleta amplia. O si lo pensamos de manera musical, desplegar un registro amplio. Todos mis personajes tocan como una amplia gama de colores. En cine, como en teatro y TV, he tocado todas las cuerdas.

Todas esas cuerdas a las que se refiere remontan en los últimos años a títulos televisivos como Campeones (donde era cantante de salsa y pareja de Osvaldo Laport), El hombre (donde era la amante del candidato a presidente, interpretado por Oscar Martínez), Hospital público (donde era la médica luchadora) u Hombres de honor (aquí también la esposa de un mafioso, Gerardo Romano). Su currículum concentra más de 50 productos, que incluyen cine (Iluminados por el fuego o Gatica, el Mono por nombrar algunos) y teatro.

La puerta de su vida personal la deja cerrada. "Soy no mediática por elección, me vengo negando sistemáticamente a hablar de mi privacidad. Bastante expongo mi alma y mi cuerpo. Un actor no es como un guitarrista. El actor es su instrumento y si no está afinado se corre de su centro", advierte la nieta de boloñeses e hija de un italiano, que se crió en Caballito, en el marco de un colegio religioso "donde las monjas habían leído a Piaget. Todavía tengo la imagen de la Madre superiora con la falda corta, y bailando y riéndose. Yo era la menor de cuatro hermanos, ellos le pidieron a mis padres que me trajeran al mundo, porque parece que estaban todos aburridos", cuenta. "Yo digo que nací con los zapatitos de tap, con la responsabilidad de alegrar a cinco personas. Esa expectativa me signó".

A los 12 años se formó con Ricardo Passano y de allí en adelante pasó por las aulas de Ricardo Bartís, David Amitín y Eric Morris. Pero dice que el tiempo no borró jamás la primera lección teatral: "Passano decía que en la vida no se puede ser tibio. Y es verdad. Si uno termina por el medio recibe las pedradas por los dos lados. En la vida hay que tomar partido".